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Es una mañana de junio, inusualmente cálida, y hace ya varias horas que estamos conduciendo a través del Chaco: un vasto y extremo bosque en el norte de Paraguay. Las carreteras de tierra son sinuosas, polvorientas y lo suficientemente estrechas como para que en algunos tramos las ramas de los árboles rasguñen las ventanas de nuestras dos camionetas. No hay rastro alguno de vida humana desde que salimos al amanecer. Sólo barro, árboles y cielo. Toda la inmensidad del Chaco se extiende ante nosotros.
Tras varias horas, nuestra pequeña comitiva se topa con un par de zapatos y algunas botellas vacĂas desechadas a los costados de la carretera —señales de que posiblemente nos acercamos al objetivo—. Seguimos solo un kilĂłmetro más y nos encontramos con un campamento improvisado con troncos bajo un delgado techo de chapa. Una motocicleta está estacionada con las llaves puestas, lista para arrancar.
“Se nota que nunca dejaron de operar acá”, nos dice, en guaranĂ nuestro guĂa Gaspar.
Gaspar, quien creciĂł en el Chaco y conoce su terreno árido tanto como a la palma de su mano, viaja con dos compañeros casi inseparables: su sombrero y una vieja escopeta. Hace tiempo el arma servĂa para defender el ganado de los jaguares y pumas salvajes. Ahora, nosotros estamos alertas de especies más peligrosas: los traficantes de droga.
Poco después de pasar el campamento hechizo, nuestra jornada es truncada por troncos y ramas de árboles que parecen haber sido tiradas a lo largo de la carretera. Frustrados por el bloqueo, pusimos nuestro dron a volar.
Y, entonces, lo vemos: a unos 400 metros de donde estamos varados, una cicatriz cafĂ© corta el verde profundo del bosque. Su tamaño —equivalente a unas 24 piscinas olĂmpicas— impresiona. Encontramos lo que buscábamos: una pista secreta de aterrizaje utilizada por el narcotráfico en el corazĂłn del Chaco paraguayo.

Una vista aérea de la pista, con la evidencia de quemas recientes en el área circundante.
Todo lo que vemos desde arriba nos sugiere que la pista sigue activa. Hay remanentes de incendios recientes que despejaron el camino para que las aeronaves aterricen, junto a marcas de llantas y varios caminos que conectan diferentes secciones de la pista.
Incluso Gaspar se sorprende. Señala que encontrar una de esas pistas remotas —particularmente una en activo— es raro.
“Estamos ante una situaciĂłn Ăşnica”, dice.Â
“Una gran pista aérea”
ExtendiĂ©ndose hasta Argentina y Bolivia, el Chaco es un importante foco de biodiversidad, hogar de un sinfĂn de especies de plantas, gatos monteses y especies vulnerables como el armadillo gigante.Â
Pero el clima extremo de la regiĂłn y su falta de agua la convierte en un entorno hostil para los humanos. Esa es una de las principales razones que atrae a los grupos criminales que buscan evadir los ojos del Estado mientras mueven grandes cantidades de cocaĂna entre las zonas de producciĂłn y los mercados de consumo.Â
Nuestro equipo planeó la excursión al Chaco en junio de 2024, luego de que nos enteráramos que un terrateniente de la región advirtió a las autoridades sobre la existencia en su propiedad de pistas aéreas clandestinas usadas por narcotraficantes.
De acuerdo con la SecretarĂa Nacional Antidrogas de Paraguay (Senad), las autoridades ubicaron y destruyeron unas 10 pistas de este tipo en el Chaco paraguayo entre 2017 y 2022. Y el tráfico aĂ©reo es intenso: los investigadores sospechan que, sĂłlo en una parte de la regiĂłn, algunas pistas acogieron más de 900 vuelos en un año.
Para los traficantes de droga, este territorio poco poblado ofrece un cobijo de oscuridad total en las noches, además de cientos de kilĂłmetros de tierras fronterizas con mĂnima seguridad. Y hasta febrero de este año, Paraguay era el Ăşnico paĂs en la regiĂłn sin radares para detectar vuelos de baja altura que usan los traficantes.
Como resultado, los grupos del crimen organizado han utilizado el Chaco como una “gran pista de aterrizaje, un gran campamento o un gran depĂłsito por la falta de tecnologĂa”, indica Zully RolĂłn, exministra de la Senad.
Imágenes satelitales muestran la aparición de la pista de aterrizaje detectada por los periodistas entre 2020 y 2024. (Credit: AirbusCNES/Airbus/Google Earth)
La porción paraguaya del Chaco también seduce a los traficantes por su ubicación estratégica.
En un reporte enviado a la FiscalĂa en 2022, la Unidad de Inteligencia del Senad describiĂł cĂłmo diferentes operaciones criminales internacionales usaron el bosque como una “vĂa segura” para la cocaĂna. Muchos de los vuelos provienen de la vecina Bolivia, el tercer productor mundial de cocaĂna con más de 30 mil hectáreas de plantaciones activas.
Las aeronaves aterrizan en las pistas equipadas con sistemas improvisados de iluminaciĂłn para los vuelos nocturnos, descargan las drogas, llenan los tanques de combustible y despegan.
Desde ahĂ, la cocaĂna es usualmente transportada en aviĂłn o por tierra en dos direcciones. La primera ruta va al sureste a CanindeyĂş, una regiĂłn de Paraguay que comparte unos 200 kilĂłmetros de frontera seca con Brasil, al mismo tiempo uno de los principales consumidores de cocaĂna y uno de los grandes exportadores de droga a Europa.
El segundo trayecto se adentra al sur, hacia puertos sobre el rĂo de Paraguay a las afueras de la capital AsunciĂłn, que conectan con el Atlántico. De acuerdo con la agencia antidrogas de las Naciones Unidas, esta ruta fluvial recientemente se convirtiĂł en uno de los mayores puntos de envĂo de cocaĂna hacia los mercados europeos.
Investigaciones de autoridades de la regiĂłn indican que las pistas en el Chaco paraguayo han sido usadas por varios cárteles importantes. Por ejemplo, un reporte de 2022 de la PolicĂa Federal brasileña acusaba al fugitivo Antonio JoaquĂn Mota, presunto lĂder de la mafia brasileña conocido como “Tonho”, de servirse de una pista cerca de la frontera con Bolivia como parte de las operaciones de su cartel.
Una investigaciĂłn de la fiscalĂa paraguaya tambiĂ©n aseguraba que Sebastián Marset, un fugitivo uruguayo en la lista de los más buscados de Estados Unidos, usĂł una pista clandestina en el Cerro Cabrera —que está en medio de un área protegida en el Chaco paraguayo— para mover cientos de kilos de cocaĂna hacia Europa.Â
Ăšnicamente en el Cerro Cabrera, los investigadores sospechan que se realizaron cerca de 900 vuelos entre entre 2020 y 2021. Mientras Marset sigue en libertad, cinco paraguayos fueron detenidos en un operativo contra su grupo.Â
Un senador del partido de gobierno que presuntamente prestĂł su aviĂłn privado a Marset tambiĂ©n se enfrenta a un juicio por asociaciĂłn ilĂcita y blanqueo de capitales.
Pistas cinco estrellas
La pista de aterrizaje que llamĂł nuestra atenciĂłn, que medĂa mil 1180 metros de largo y 55 metros de ancho, habĂa sido intervenida varios años antes por la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC, una grupo Ă©lite de seguridad del gobierno). En mayo de 2021, las autoridades dinamitaron el sitio despuĂ©s de que agentes descubrieron la pista y un galpĂłn improvisado con 490 kilos de cocaĂna, equipo de iluminaciĂłn, armas, combustible, generadores elĂ©ctricos y docenas de bidones.
La ubicación de la pista de aterrizaje en la región del Gran Chaco, que también se extiende hacia Bolivia y Argentina.
Sin embargo, cuando el año pasado observamos la franja desde arriba, todo indicaba que funcionaba de nuevo. Esto es común, de acuerdo con la exministra Rolón. Los traficantes arreglan rápidamente sus pistas o construyen nuevas después porque no hay capacidad operativa para hacer controles posteriores de rutina, dijo.
“Todas las destrucciones que se hagan son intrascendentes. Cuando uno destruye una pista por medio de explosivos, lo Ăşnico que se hace es dejar de utilizarla por algunos dĂas. Porque la pista sigue operando, no importa cuál haya sido el daño”, señalĂł.
Un piloto con experiencia operando aeronaves pequeñas, quien solicitó el anonimato por cuestiones de seguridad, describió la pista que nuestro equipo detectó como un sitio “cinco estrellas”. Resaltó el nivel del terreno e indicó que el sitio era suficientemente grande para aterrizar y despegar aviones pequeños o incluso medianos. Particularmente Cessnas, las aeronaves estadounidenses favoritas de los traficantes de drogas.
“Los Cessnas son tractores de aire. Pueden descender o despegar donde sea”, dijo.
La fábrica de taninos
El terreno donde se encuentra la pista de aterrizaje que visitó nuestro equipo tiene una historia única. Pertenece a una gran extensión del Chaco que fue adquirida a finales del siglo XIX por un empresario argentino que fundó la primera fábrica de extracción de taninos en el continente a partir de los imponentes árboles quebrachos de la región.
Durante décadas, la pequeña población local trabajó como en tiempos feudales bajo el estricto control de la empresa, que oficialmente cesó sus operaciones a mediados de la década de 1990.
Desde entonces se dividió su territorio y cerca de un décimo fue vendido en el 2000 a la Iglesia de la Unificación: una religión también conocida como la secta Moon que se originó en Corea del Sur.
El año pasado, una empresa que posee una porción de la tierra y lleva a cabo proyectos de reforestación, presentó quejas al Ministerio Público por la presencia de cerca de 10 pistas clandestinas y facilidades para el tráfico de drogas en su propiedad, similares a la que nuestro equipo visitó. Pero la firma, Atenil S.A., dijo que sólo recibió respuesta de las autoridades por una de ellas. El Ministerio Público no respondió a nuestras solicitudes de comentarios.
“Mejor no hablar”
A pesar del clima castigador, el Chaco alberga actividad humana incluyendo pueblos indĂgenas como los Ayoreo Totobiegosode, los NivaclĂ© y los Yshir. Los defensores de estas comunidades indĂgenas señalan que un pequeño grupo de Ayoreos continĂşan viviendo en aislamiento total en la selva densa.

Mujeres de la comunidad indĂgena Ayoreo en BoquerĂłn, Paraguay.
Ganaderos y comunidades religiosas menonitas, que huyeron de Europa hace un siglo, también se establecieron en la región.
A nuestro regreso, nuestro guĂa Gaspar nos explicĂł que tomamos una ruta más larga porque el capataz de una estancia no nos autorizĂł pasar a travĂ©s de su propiedad. ExistĂa una razĂłn para su rechazo.
Meses antes de nuestra visita, un grupo de hombres armados y uniformados, se tomaron la estancia y afirmaron buscar grupos de narcotraficantes, recordĂł Gaspar. Golpearon brutalmente al capataz y aterrorizaron a su familia. Desde entonces, el paso a propios y extraños quedĂł bloqueado y se instalĂł el miedo, por más que se trate de caras conocidas.Â
De aquel incidente no hubo registros, ni siquiera denuncia. Nadie hablĂł de ello a las autoridades.
“Acá la gente no acostumbra a denunciar nada, y menos cuando aprendimos en estos últimos años que de estas cosas es mejor ni hablar”, sentenció Gaspar.
NOTA: Al dĂa de hoy, a casi un año de nuestra visita, no es claro si la pista de aterrizaje que vimos sigue operando. Imágenes satelitales obtenidas por OCCRP muestran que ha crecido nueva vegetaciĂłn junto a la pista, lo que podrĂa sugerir que no está en uso activo.Â