Crédito: Edin Pasovic, OCCRP

Los vaqueros de la cocaína

En un centro comercial gris en los suburbios industriales de Venecia, una nueva ruta de narcotráfico hacia Europa está a punto de ser trazada.

Antonino Vadalà, un hombre impulsivo, evalúa un socio potencial, un empresario local que confía le pueda ayudar a importar cientos de kilos de cocaína al norte de Italia y a Eslovaquia. El plan es usar importaciones legales para camuflar cargamentos de droga.

“Nosotros cargamos bananos, cereales, nueces, cargamos algunas tonterías” dice Vadalà. “Se lo enviamos a tu empresa … y le pagamos a los de la aduana. Lo limpiamos con ellos cuando [el contenedor] llega”.

Vadalà, de 44 años, viene de Calabria y se expatrió a Eslovaquia. Es miembro de la segunda generación de italianos que abandonó una región dominada por la mafia para establecerse en la nación centroeuropea. Oficialmente, él cría ganado y vende carne. Pero fiscales de Venecia sostienen que Vadalà también es un narcotraficante, que trabajó con la ‘Ndrangheta, uno de los grupos criminales organizados más poderosos del mundo, para abrir una nueva ruta de cocaína hacia Europa.

Este informe periodístico se basa en dos acusaciones de tribunales de Venecia y Milán, así como en entrevistas con detectives y fiscales que trabajaron en varias investigaciones en 2015. Periodistas de los medios independientes Irpi de Italia e Investigace.cz de República Checa, ambos miembros de la red de OCCRP (Organized Crime and Corruption Reporting Project), empezaron a indagar sobre Antonino Vadalà en 2016 en colaboración con Ján Kuciak, un periodista eslovaco que se cruzó con el nombre del italiano en sus investigaciones.

Kuciak descubrió que una joven asistente del entonces primer ministro eslovaco, Robert Fico, fue socia de Vadalà en una empresa, y que el italiano supuestamente defraudó la Unión Europea con subsidios agrícolas por un monto de 120.000 euros.

El 21 de febrero de 2018, Kuciak y su novia, Martina Kušnírová, fueron asesinados en su casa en una aldea eslovaca. En cuestión de días, OCCRP y sus centros asociados publicaron varias historias que venían trabajando con él.

Ahora, un año después del homicidio, reporteros de OCCRP y sus aliados lograron profundizar las circunstancias que rodean la muerte de Kuciak y continuaron las investigaciones que el periodista venía desarrollando. En parti

Una nueva ruta

La reunión en el centro comercial de Venecia, en la que Vadalà dijo que iba a camuflar cocaína en importaciones legales, fue organizada en septiembre de 2014.

El centro comercial, Valecenter, tiene una ubicación estratégica. Queda a proximidad de un nudo donde se cruzan tres autopistas: una lleva al aeropuerto, otra se dirige al norte hacia Austria y la última al suroeste de Italia. Si se maneja 12 horas por esta dirección, se llega a Reggio Calabria, la provincia del sur de Italia de donde viene la familia de Vadalà y en la que la ‘Ndrangheta surgió como organización mafiosa a finales del siglo XIX.

Las tres autopistas tenían otra virtud. Se podían convertir en rápidas vías de escape si alguno de los hombres apostados en los alrededores del centro comercial llegaba a detectar presencia policial.

Venecia era justamente el sitio al que Vadalà planeaba importar cargamentos de cocaína desde Ecuador y Perú. El puerto de la ciudad contaba con menos vigilancia que el de Calabria y tenía con dos ventajas más: no era dominado por ningún clan de la mafia y era la base de operación de Francesco Giraldi, el importador local con el que Vadalà quería asociarse.

Mientras Vadalà y Giraldi hablaban de negocios, cada uno tenía un acompañante, un veterano de la ‘Ndrangheta que lo supervisaba: Leo Zappia, de 61 años, orientaba a Vadalà mientras que Vittorio Attilio Violi, de algo más de 50 años, respondía por Giraldi.

Mientras la reunión avanzaba, afuera del centro comercial dos hombres prestaban guardia, atentos a cualquier movimiento sospechoso de las autoridades.

Violi, conocido como ‘pata de palo’, tras perder una de sus piernas en 2010 en un tiroteo en Calabria, era en ese momento el líder de las operaciones venecianas del grupo Morabito, un clan de Calabria que opera bajo el paraguas de la ‘Ndrangheta. La banda también es conocida como los Tiradrittu (“los tiro- fijos”), un apodo que se ganó su fundador por su puntería y su disposición para dispararle a sus enemigos.

El trabajo de Violi, un capo de la ‘Ndrangheta en Venecia, consistía en trasladar al puerto las experiencias y las operaciones de la mafia de Calabria. Así, había estado en búsqueda de un socio con experiencia en comercio exterior, que manejara los cargamentos de cocaína de Valadá. Así fue como Violi conoció a Giraldi.

Zappia, alias ‘el canoso’, asistió a la reunión como el asesor senior de Vadalà. Era parte de la aristocracia de la ‘Ndrangheta: su tío, Giuseppe Morabito, fue uno de los jefes más poderosos del cartel y llegó incluso a liderar una de sus tres ramas. Hoy, el viejo Morabito enfrenta una cadena perpetua, pero el poder de su clan todavía se siente a través de sus discípulos, entre los cuales Zappia es el rey.

“Quiero mandar 200, 300 kilos a la vez”, le lanzó Vadalà a Giraldi en el encuentro. “¿Entiendes? Mínimo 200, 300”. Vadalà quería estar seguro de que Giraldi, el importador, tuviera la capacidad de organizar grandes cargamentos de frutas o de otros bienes legales desde América Latina, en los que se pudieran camuflar importantes volúmenes de cocaína.

Vadalà estaba particularmente interesado en comerciar con mercancías legales de Ecuador y Perú, países donde tenía una red de contactos y desde donde planeaba asegurar el suministro de droga.

Desde allá, la droga llegaría a Venecia a través de la empresa importadora de Giraldi (vía una orden de compras de las compañías eslovacas de Vadalá) y luego, la cocaína podía acabar o en Italia o en Eslovaquia.

🔗La reina blanca

La cocaína es el estimulante ilícito más consumido en el mundo. Se estima que 17.5 millones de europeos entre los 14 y los 64 años la han probado alguna vez en su vida, según un reporte de 2017 del Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías. Y no es una droga inofensiva: en 2016 cerca de 46,800 personas buscaron tratamiento en Europa por adicción a la cocaína.

Si bien, por la naturaleza ilícita de este comercio es difícil contar con datos confiables, la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito estima que en 2016 se entregaron 1,410 toneladas de cocaína en todo el mundo, con un valor aproximado en las calles europeas de 73 dólares por gramo.

Ocultar cocaína en contenedores refrigerados, cargados de artículos legales, se ha convertido en uno de los métodos más comunes para mover droga por el mundo. Las frutas que se cultivan en América Latina, como los bananos y las piñas, aceleran el paso de la droga por las aduanas, pues son productos perecederos que no pueden permanecer mucho tiempo en un puerto. Los agentes son menos propensos a revisar estos cargamentos, o si lo hacen, aceleran el procedimiento para que las frutas sigan su ruta.

(Lea en inglés una investigación previa de OCCRP sobre cómo la cocaína camuflada en cargamentos de banano era enviada a Bélgica.)

Ese día de 2014 en Venecia, Vadalà y sus socios querían asegurarse su tajada en el lucrativo mercado de la cocaína en Europa. En la reunión, discutieron todo tipo de detalles prácticos: cómo organizar los envíos, cómo se embarcarían, quiénes serían sus proveedores en América Latina. Giraldi afirmó que tenía agentes aduaneros de confianza en el puerto de Venecia.

“El compare (compadre en dialecto calabrés) conoce su trabajo”, dijo Zappia, refiriéndose a uno de los funcionarios del puerto como a un “amigo”.

Violi, sonrió, y añadió “El compare conoce muy bien su trabajo”.

Cuando la reunión ya tocaba a su fin y los hombres se ponían de acuerdo para empezar su nueva alianza, Vadalà se metió al bolsillo la tarjeta de negocios de la empresa de Giraldi, Gi.Fra, que planeaban usar como importadora.

De Cowboy a Coke Boy

Antonino Vadalà, también conocido como ‘bovino’ (ternero en italiano), nació en 1975 en un pequeño pueblo de la costa de Calabria, en el sur de Italia. Creció en una zona rural, rodeada de colinas y bordeada por el macizo montañoso del Aspromonte, una región bella pero pobre, conocida por su actividad ganadera.

La policía afirma que desde la década de los ochenta grupos delincuenciales controlan los negocios de la región, aunque la familia Vadalà no ha tenido históricamente un rol importante.

Antonino Vadalà se marchó al extranjero en 2001, después de que fiscales anti-mafia de Reggio Calabria lo acusaran a él y a sus dos hermanos mayores de ayudar a un fugitivo de la ‘Ndrangheta. (Los tres fueron posteriormente absueltos).

Los hermanos escaparon a Eslovaquia, en donde Diego Rodà, el futuro suegro de Vadalà, los esperaba.

Rodà llegó a Eslovaquia oriental en 1993, cuando una ola de sangrientas guerras mafiosas se tomó su región de origen en Calabria. El siguiente paso de Rodà fue montar allá un negocio de ganado, como el que su familia tenía en el sur de Italia. Con el tiempo, se volvió millonario. Según el mayor de la Policía Financiera de Venecia Salvatore Rubbino, Violi fue grabado diciendo que Rodà era uno de los jefes de la ‘Ndrangheta en Eslovaquia, aunque nunca ha sido investigado o acusado de algún delito.

El abogado de Rodà, Antonino Curatola, dijo que cualquier sugerencia de que su cliente estaba involucrado en el crimen organizado “no tenía sustento”. Rodà “nunca ha sido investigado en Italia por esto”, dijo Curatola.

En 2001, Vadalà se juntó con Rodà y tiempo después se casó con su hija Elisabetta.

En su nuevo hogar, Vadalà montó un negocio legal de importación y exportación de ganado. También desarrolló una red de contactos con políticos regionales y personas influyente de los servicios secretos eslovacos. Una de sus empresas ganaderas, Bovinex Europa, incluso le alquilaba espacio de almacenamiento a las aduanas de Bratislava, la capital de Eslovaquia.

Pero una investigación de 2015 de la Policía Financiera de Venecia muestra las actividades menos legales de Vadalà en estos años. Los detectives concluyeron que, desde hacía tiempo, sus negocios incluían el tráfico de drogas y que él y sus familiares siempre buscaban la protección de funcionarios públicos en los países donde operaban.

Fue en esa época que Vadalà parece haber tomado la decisión de desarrollar su negocio de narcotráfico y trabajar con capos de la ‘Ndrangheta.

Para lograrlo, necesitaba la bendición de un clan poderoso de su Italia natal. La opción más lógica era buscar a los Morabito, no solo porque son los líderes del ala narcotraficante de la ‘Ndrangheta, sino también porque controlan la ciudad natal de Vadalà. Para él, la invitación de ese clan para participar en sus negocios era la puerta abierta a la operación mundial de tráfico de cocaína de ese grupo.

La fiscalía sostiene que la familia Vadalà habría pagado 1 millón de euros en efectivo a los Morabito para acceder a este privilegio. Leo Zappia, quien acompañó a Vadalá en la reunión de Venecia, presuntamente recibió el dinero.

El enlace se hizo a través de un viejo amigo en común. Según Rubbino, de la Policía Financiera de Venecia, “parece que Vadalà estaba conectado con Leo Zappia a través de su suegro, Diego Rodà”.

De la mano con las aduanas

En abril de 2015, seis meses después de la reunión en Venecia, Vadalà y Giraldi estaban listos para empezar sus envíos de cocaína.

Era imperativo tener negocios legítimos de fachada: mientras más dinero y mercancías legales fluyeran, era menos probable que los cargamentos fueran controlados de manera aleatoria por las aduanas.

Vadalà estaba bien preparado. En una conversación dijo: “Tengo actividades comerciales, tengo empresas. Una vez compré 20 millones de euros de carne [en América Latina] a través de contratos reales. Suministré a Ankara, al Estado turco, durante un año. Y ahora estoy firmando un contrato con Uruguay, Paraguay y Brasil”. La policía “puede verificarlo todo”, agregó. “¿Flujos financieros? Tengo todo en orden”.

Los investigadores concluyeron que Vadalà planeaba abrir una empresa en Ecuador para comprar productos que ocultaran el objetivo real de su nueva ruta hacia Venecia. La idea era que los contenedores pararan en Venecia, donde se desembarcaría la droga y que la mercancía legal siguiera hacia Eslovaquia. Otra opción era que los contenedores fueran directamente a Eslovaquia, que obtuvieran allá el visto bueno de las aduanas y luego fueran reenviados a Venecia.

Ahí es donde los contactos y negocios eslovacos de Vadalà eran de gran utilidad.

“Tengo cinco hectáreas en el depósito de aduanas más grande de Eslovaquia”, dijo Vadalà. “El jefe … ahí está mi hombre, lo puse allí”. Le prometió a Giraldi que contaban con la cooperación de funcionarios corruptos de la aduana, así como con personal del SIS, la agencia de inteligencia de Eslovaquia. “Los conozco a todos”, dijo.

Fue este tipo de comentarios que provocó la caída de él y de su red de tráfico.

Y es que Vadalà no solo estaba hablando con Francesco Giraldi, el importador veneciano, sino también con el agente encubierto 8067 de la Policía Financiera de Venecia. La identidad de Giraldi, incluyendo su negocio de comercio exterior, fue montada por las autoridades para infiltrar la ‘Ndrangheta.

Un cargamento de bananos, una mercancía que los traficantes usan con frecuencia para esconder cocaína transportada desde América Latina. Crédito: Guardia di Finanza

Doble operativo policial

La operación de tráfico de drogas de Vadalà y Giraldi no comenzó de la mejor manera.

Los primeros cargamentos tenían que venir de Ecuador. En Guayaquil, el principal puerto de ese país, Vadalà conocía gente que podía camuflar cocaína en contenedores que también llevaban camarones congelados.

Vadalà usó su compañía eslovaca Terra Real para girar 175.000 euros a la empresa de Giraldi en Venecia y luego añadió 53.000 euros en efectivo. El dinero se usó para comprar los camarones y 70 kilos de cocaína.

Pero cuando el contenedor llegó a Venecia, el 16 de mayo de 2015, solo estaban los camarones. Aparentemente hubo una falla de comunicación y no embarcaron la cocaína.

Afortunadamente para Vadalà, también mantenía comunicaciones con su compatriota Mario Palamara, un intermediario del clan Morabito, con conexiones en Milán y con acceso a proveedores en América Latina.

Las rutas que Palamara le abrió a Vadalà en Colombia parecían funcionar mejor que las ecuatorianas. Usando la misma estrategia de importar productos legales, en este caso bananos, el grupo logró traer 234 kilo de cocaína de Santa Marta en octubre de 2015.

La droga se fraccionó en ladrillos de 1 kilo y la mayoría se envió al grupo de Palamara en Milán, que estaba a cargo de la distribución para toda la banda. El resto quedó en manos de Vadalà y sus socios.

Pero, incluso luego de que se estableciera la exitosa ruta colombiana, surgieron nuevos problemas.

En noviembre de 2015, los carabinieris (policía militar) de Milán detuvieron un automóvil deportivo que llevaba 30 kilos de cocaína. La droga era parte del envío de 243 kilogramos que llegó a Venecia con los bananos colombianos. Por esa misma época, otro alijo de 30 kilos fue incautado por la Policía Financiera de Venecia.

“En ese momento notamos mucha agitación en la red de traficantes”, le dijo a OCCRP el coronel Nicola Sibilia, jefe de la Unidad Contra el Crimen Organizado de la Policía Financiera de Venecia.

Por las incautaciones, “Palamara estaba convencida de que había un [agente de policía] encubierto, y señaló a Giraldi, el único que no era de Calabria”, explicó Sibilia. “Violi lo defendió a capa y espada, él era ‘su’ hombre. Palamara le propuso entonces probar a Giraldi y le encomendó la tarea de llevar a Milán los 30 kilos de cocaína que quedaban en las bodegas de Venecia”.

La orden puso a Giraldi y al resto de oficiales en una situación compleja. Si la policía de Milán confiscaba el envío, la vida y la fachada de Giraldi estaban en riesgo y se acababa la operación encubierta. Pero para las autoridades también era difícil dejar transitar 30 kilos de cocaína como si nada.

Pero se tomó la decisión de que el paquete pasara de largo, sin decomisarlo.

“Fue un momento difícil. Tuvimos que coordinar una operación de entrega controlada que podía poner en gran riesgo a nuestro agente encubierto [Giraldi]”, dijo Sibilia.

La droga llegó sin problemas a su destino y Giraldi parecía haberse ganado la confianza de Palamara. La operación encubierta y las importaciones de drogas podían seguir.

Conexiones mortales

Tanto Vadalà como Palamara fueron observados viajando a Colombia por los investigadores venecianos.

Allá, los hombres pronto consiguieron un nuevo exportador de bananos, una compañía llamada Comercializadora Lorenzo Bello Díaz y Cia Ltd. El primer cargamento de frutas de esta empresa, con 222 kilos de cocaína camuflados, llegó en diciembre de 2015.

Lorenzo Bello Díaz, quien encabeza la comercializadora, dijo que no sabía nada de los cargamentos de banano contaminados y que no conocía ni a Vadalá ni a Palamara. Pero sí recuerda haberle vendido bananos a Giraldi a través de un tercero y añadió que los italianos aún le debían decenas de miles de dólares.

La empresa de Lorenzo Bello Díaz está en Urabá, una de las principales zonas productoras de banano, situada en el noroccidente del país. Es una provincia bajo el control del Clan del Golfo, el grupo criminal más poderoso de Colombia. Cualquier envío ilegal que transite por los puertos de la región cuenta con su visto bueno.

El Clan del Golfo está formado principalmente por ex paramilitares que también tienen alianzas con empresas legales.

“Urabá es uno de los lugares de nacimiento de los paramilitares en Colombia”, explicó Ariel Ávila, analista de la Fundación para la Paz y la Reconciliación con sede en Colombia. “Desde los años ochenta, los ejecutivos de las empresas y los terratenientes [en la región] han hecho alianzas con grupos ilegales”, dijo. “Hoy en día, los narcotraficantes aún están infiltrados en muchos negocios legales, entre ellos la exportación de bananos. …. Muchos cargamentos [de cocaína] se envían directamente desde las plantaciones de banano”.

Estafados

En el otoño de 2015, Vadalà le entregó a Giraldi, el agente encubierto 8067, 125.000 euros para cofinanciar un nuevo cargamento de cocaína que Palamara montó a través de una compañía pesquera colombiana. Pero el envío nunca se materializó.

Vadalà y Zappia, su “tutor” del clan Morabito, estaban furiosos con Palamara. Vittorio Attilio Violi, el jefe del clan que enlazó a todos los personajes de la trama y que propuso a Venecia como punto de desembarco, quedó atrapado en medio del conflicto.

Para tratar de calmar las cosas, organizó un encuentro en Venecia, en el mismo centro comercial donde se reunieron meses atrás para montar el negocio.

“Ahora me encargaré de este [Palamara] yo mismo”, ladró Zappia. “Ordenaré que su familia sea secuestrada”. Buscando bajar la tensión, Violi prometió que devolverían los 125.000 euros.

Giraldi también empezó a ponerse nervioso. Después de la reunión, escribió una larga nota describiendo la situación, donde queda clara la posición destacada que tenía Vadalà en el negocio de las drogas de la ‘Ndrangheta.

“Vadalà … le dijo a [sus jefes de Calabria] que le habían robado y Violi estaba preocupado [de que] secuestraran a Palamara”, escribió. “Saben que Vadalà trafica droga, ya ha hecho muchos trabajos [de narcotráfico] y no dilapida el dinero”.

De acuerdo con las notas de Giraldi, Violi le exigió a Palamara que solucionara el problema del envío fallido o, de lo contrario, también terminaría en una situación complicada por interceder por él.

La Policía Financiera de Venecia muestra cocaína incautada en la investigación. Crédito: Guardia di Finanza.

Nunca tras las rejas

Un nuevo cargamento de cocaína y bananos de la Comercializadora Lorenzo Bello Díaz, el exportador colombiano, le habría salvado el pellejo a Palamara, que hubiera demostrado así que tenía cómo organizar envíos exitosos. Pero ahí fue cuando la policía golpeó.

Después de 18 meses de un trabajo encubierto de alto riesgo, en una de las únicas operaciones exitosas de infiltración a la ‘Ndrangheta, las autoridades estaban lista para atacar.

El 3 de diciembre de 2015, 150 agentes de la Policía Financiera de Venecia allanaron la bodega de Giraldi, lo arrestaron (para proteger su identidad) así como a Violi y a otros dos hombres que estaban descargando 88 kilos de cocaína de un cargamento costarricense de mandiocas falsas.

Una semana después, los bananos de la Comercializadora Lorenzo Bello Díaz, junto con los 220 kilos de cocaína, llegaron a la bodega. Pero ya era demasiado tarde para ayudar a Palamara. La policía estaba ahí para recoger el cargamento.

Palamara ya estaba huyendo y desde entonces es fugitivo de la justicia. Mientras tanto, Vadalà permaneció en Eslovaquia, como si nada, sin siquiera tratar de esconderse y, aparentemente, confiado frente a cualquier acción policiaca en su contra.

Incluso, siguió manejando su negocio legal hasta el invierno pasado. El 28 de febrero de 2018, dos días después de que los cuerpos de Kuciak y de su prometida fueran encontrados, el Tribunal de Venecia finalmente emitió una orden de arresto contra Vadalà, Palamara y el resto de la red.

Vadalà fue arrestado en Eslovaquia el 13 de marzo de 2018 y luego extraditado a Italia, donde está en prisión a la espera del juicio. Su socio Violi también está en la cárcel, y es quizás lo menos grave para él, un hombre que respondió personalmente por un infiltrado de la policía en la ‘Ndrangheta.

Con reportería adicional de Nathan Jaccard, Pavla Holcova y Eva Kubániová.

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