Mi día tras las rejas con el narco que leía a Séneca

LIMA, Perú (16 de agosto de 2017) – Plantados ante las altas puertas metálicas coronadas de alambre de púa en las polvorientas afueras de Lima, la capital de Perú, mi colega Stevan Dojčinović y yo nos damos cuenta de que quizás esto no haya sido una gran idea.

Estoy a punto de hacerme pasar por una prostituta para colarme dentro de la prisión de máxima seguridad Miguel Castro Castro. Atravesar esos altos muros custodiados por guardias fuertemente armados es mi única posibilidad de entrevistar a Zoran Jaksić, el número dos de la cúpula del internacionalmente famoso cartel de la droga conocido como Grupo América.

Fiscales no solo en Perú, sino también de Alemania, Grecia y Argentina, así como la Drug Enforcement Administration (DEA) de Estados Unidos, sostienen que Jaksić es uno de los principales actores en el comercio mundial de cocaína.

En el 2016, la policía antidroga de Perú determinó que Jaksić había enviado más de una tonelada de cocaína de alta pureza a Europa a través del puerto de Callao. Actualmente cumple una sentencia de 25 años.

Amantes, esposas, prostitutas… y una periodista

Nuestro plan era simple. Es miércoles, o sea, el ‘día conyugal’, cuando las mujeres están autorizadas a visitar a los reclusos (los hombres pueden visitar los domingos). Tengo la esperanza de ser una de las muchas mujeres que vengan y que nadie haga demasiadas preguntas.

No llego muy lejos. Mientras avanzo hacia las puertas, un individuo con una camiseta decorada con palmeras me grita una advertencia: “¡Ey, no puedes ir a la prisión vestida así!

“Claro”, respondo, pero sigo caminando.

Cinco minutos después, descubro que aquel hombre tenía razón. Mis pantalones verdes y mi camiseta negra despiertan las sospechas de uno de los guardias. Soy una mujer, me dice, y debo vestir como tal. La policía de la moda nunca fue tan fiel a su nombre.

Estoy de pie justo ante la entrada, sin saber qué hacer. Entonces, una mujer que tiene un puesto de alquiler de ropa de segunda mano me proporciona el atuendo para una mujer que viene a visitar a su hombre encarcelado: una camiseta azul tamaño infantil de los Yankees, una minifalda con una abertura muy alta y unas sandalias falsas de Svarovski decoradas con diamantes de imitación.

El guardia da ahora su visto bueno con un asentimiento silencioso.

Es una tarde fría y polvorienta. Una larga cola de mujeres esperan a ser registradas para la visita. A diferencia de mí, todas ellas parecen saber exactamente qué hay que hacer. “Ey, perdona que le moleste, es la primera vez que vengo”, digo. Y pregunto: “¿Puede explicarme qué pasa? ¿Por qué estamos esperando?”

Como los muros de la prisión, esas mujeres que esperan son inexpugnables. Vienen cada semana con comida y ropa limpia para sus hombres. La mujer que está a mi lado en la cola me explica el proceso. Se cerciora de que llevo mi identificación y revisa mi mochila para asegurarse de que no esconda nada de contrabando que pueda meterme en líos cuando alcancemos la puerta.

Al final, un guardia revisa mi pasaporte, me pone un sello en el antebrazo y me envía a una segunda cola donde me pondrán otro sello. Mientras él introduce mis datos en el registro, otro guardia situado tras el mostrador intenta mantenerse serio. Pero le puede la curiosidad: “¿Qué estás haciendo aquí?”, me pregunta. “¿A quién vas a visitar? ¿Cómo puede ser que tengas solo dos apellidos y no al menos tres, como una mujer normal? ¿De dónde eres? ¿Cómo es aquello? ¿Cuánto cuestan allí los libros escolares?”

Cuando le digo que vengo a visitar a Zoran Jaksić suelta una carcajada.

“¿Sabe Zoran que vas a visitarlo?”

“No”, le digo. “Soy una visita sorpresa”.

Caigo en cuenta en ese momento de que dar una sorpresa a un hombre implicado en el crimen organizado quizás no sea una idea muy sabia. Pero ya he entregado mi pasaporte a los guardias y docenas de mujeres me empujan hacia la entrada.

“¿Donde vive ahora Zoran?”

“Pabellón 2B”, me indica el guardia.

Unos pasos más adelante en el pasillo vallado, el guardia me da alcance.

“Ey”, me susurra. “¿Qué pasa con mi propina?”

“¿Qué? ¿Propina?”

No doy crédito. ¿Cómo es posible que me esté pidiendo un soborno tan abiertamente?

Digo lo primero que se me viene a la cabeza.

“Voy a visitar a Zoran. Yo no tengo que pagar ninguna propina”. Obviamente, no sé cómo funciona el sistema peruano de prisiones. Pero la táctica sirve. Continúo caminando.

Crédito: AP Photo/Karel Navarro Un guardia en la prisión Miguel Castro Castro.

Más de una sorpresa

El pabellón 2B es un sencillo edificio de hormigón con gruesos muros, pocas ventanas y celdas diminutas llenas de reclusos. Hay un patio con muchas sillas de plástico para las visitas familiares. Aunque mi visita va a ser más íntima.

Un preso, chino, me guía a través del patio. Entonces, otro recluso me conduce al interior, hacia la celda de Jaksić. No hay guardias a la vista. Intento convencerme a mí misma de que las gruesas cortinas que tapan las puertas de la celda son para el frío invernal.

Actuando como el criado de Jaksić, mi escolta llama a la puerta de metal.

“Zoran, tienes una visita”.

“No estoy esperando a nadie”, dice una voz desde dentro.

“¿Entonces quién eres tú?”, me pregunta el criado.

“Yo… yo soy Pavla. De Europa… de Praga”

Lo sé todo de Jaksić. He leído toda la información disponible sobre él y su grupo y he pasado un sinnúmero de horas rastreando su dinero, sus viajes y sus juicios. Pero él nunca ha oído hablar de mí.

Unos instantes después oigo que se descorre el cerrojo. Una cabeza afeitada me mira con asombro.

“¿Qué quieres tú?”

“Soy periodista y me gustaría hablar con usted sobre su caso”, digo, intentando actuar con normalidad.

“Odio a los periodistas”, dice. “¡Yo no doy entrevistas!”

Puedo sentir la primera gota de sudor frío recorrer mi espalda. Pero decido jugármela, apostando a que cualquier cosa que rompa el infinito aburrimiento de la prisión puede ser bienvenida. “Hmm… Entonces podemos simplemente sentarnos y hablar de lo que sea”, le propongo. La puerta se abre. Jaksić me invita al interior de su celda. El criado desaparece.

Todo está a la venta aquí

Claramente, Jaksić es un recluso especial -y no solo por su palidez y sus dos metros de altura, características fuera de lo común en Perú. Solo aquellos con medios pueden permitirse una celda privada con baño propio. El dinero de Jaksić también le permite disponer de dos smartphones. La policía peruana nos dijo que Jaksić continúa dirigiendo su negocio de la droga desde prisión. Ahora sabemos cómo.

La celda está decorada como una discoteca de los 90: azulejos negros, almohadas de polipiel blanca y una mullida manta decorativa de piel de tigre. Me siento en un taburete, congelándome con mi escasa ropa. Jaksić empuja una pequeña estufa eléctrica hasta colocarla junto a mis chanclas baratas y me ofrece agua. Intento iniciar una conversación sin preguntarle por su caso, por cocaína, por cárteles de la droga, por lavado de dinero o por cualquiera de las cosas en las que realmente estoy pensando.

La madre de todas las preguntas estúpidas se escapa.

“¿Hay algo que eches de menos aquí?”

“No exactamente”, dice con sorprendente sinceridad. “Puedes comprar de todo aquí. Tengo una televisión. Me traen toda la comida que quiero desde el exterior. Una botella de whisky cuesta 100 dólares más sobornos. Y aquí tienes mi perfume francés”.

Rocía mi muñeca de perfume. Huele a laca de la abuela para el pelo.

Más tarde aprendo que más puede comprar. La lista de visitantes de Jaksić la copan prostitutas de lujo procedentes de Serbia y Montenegro que llegan en grupos de tres y que pasan una media de nueve horas por visita.

“También tengo libros aquí”, dice y me invita a echar un vistazo. Reconozco las ‘Cartas a Lucilio’ de Séneca. Aparentemente, este barón de la droga lee las meditaciones filosóficas de un antiguo estoico de Roma para entretenerse.

Quizás por primera vez en mi vida, mis estudios clásicos me son útiles.

“¿Disfrutas con Séneca?”, le pregunto, sin mencionar que yo misma lo encontraba un poco aburrido.

“Desde luego. Lo hago, Estaba haciendo extractos del libro la última vez que estuve en prisión”.

Me muestra una página repleta de letras minúsculas que parece más un método para pasar mensajes secretos que para estudiar filosofía. “Perdí una página, así que lo estoy releyendo”, explica.

El interés de Jaksić en la filosofía viene de lejos. En 2009 fue arrestado en el aeropuerto de Barcelona. Junto con documentación falsa y una tarjeta falsa de un seguro médico, la policía española descubrió papeles sueltos garabateados con extractos de libros de Nietzsche y de Kant. Jaksić también tenía una lista de literatura clásica perfectamente organizada y clasificada por los países de los autores.

Nuestra conversación va de las guerra del Peloponeso a Tucídides y a la antigua Esparta. Jaksić cree que los montenegrinos son los descendientes de los espartanos y se comportan en consecuencia. Cambiamos de tercio hacia la genética y los orígenes de las naciones europeas: Los checos son celtas, no eslavos, dice. ¿Y los búlgaros y los serbios? ¿Cuál es el alfabeto más antiguo?

Intentando cambiar de tema a algo un poco más criminal, le digo que un guardia me ha pedido un soborno y que yo me he negado a pagar por la prominencia de mi anfitrión. “Me lo cobrarán a mí, estoy seguro”, afirma riendo.

“No voy a matarte”

La única bombilla que iluminaba la celda se apaga, dejándonos en la oscuridad. Ya al límite, imagino varios escenarios catastróficos. “No te preocupes, no voy a matarte”, dice secamente, abriendo la puerta para dejar entrar algo de luz. “Venga, vamos a tomar un café. ¿Alguien te ha invitado alguna vez a tomar un café en prisión?”

Jaksić me ofrece su abrigo. Explica que está prohibido tener una sudadera, pero que él tiene una, porque aquí se puede comprar cualquier cosa.

Conforme avanzamos por el pasillo, los reclusos se dan media vuelta –parece que siguen órdenes de Jaksić, que no quiere que miren a sus huéspedes.

El pasillo de la prisión está abarrotado, pero hay espacio para nosotros en la cafetería improvisada. Nadie se atreve a ocupar la mesa de Jaksić.

“¿Qué tipo de café quieres?, me pregunta. “¿Expresso?”

Mientras lo tomamos, Jaksić no deja de hacer comentarios sobre los otros reclusos.

“Éste está aquí condenado a 18 años. Robó un banco. Éste ha sido condenado a 25 por asesinato, pero no mató a nadie. Sólo miró. Al asesino le cayeron 20 años. Increíble”, dice Jaksić. “Este es Tibo, le condenaron a 13 años por tráfico de cocaína, pero pronto estará en su casa en Israel. ¡Ey Tibo, esta es una periodista!”

Tibo y Jaksić se echan a reír. “¡Pe-rio-dis-ta!”, dicen riendo a carcajadas sin importarles explicarme dónde está el chiste.

La conversación deriva al narcotraficante serbio Darko Šarić y al gángster checo Radovan Krejčíř y a cómo opera el comercio global de droga. “Nosotros lo hacemos de un modo parecido a vosotros [el OCCRP]”, explica Jaksić. “Cuando yo necesito información sobre la escena de la droga en Israel llamo a Tibo y le pregunto ‘Ey, Tibo, ¿quién está haciendo el tráfico a gran escala de droga en Israel? Ya sabes, solo para tener información del negocio…”

Entonces los guardias informan a gritos de que las horas de visita se han terminado. Todo el mundo camina lentamente hacia la salida. Jaksić me escolta hacia el pasillo vallado, tan lejos como puede llegar.

“Fuera te daría mi abrigo para calentarte, pero aquí es el único que tengo”, dice. Nos abrazamos.

“Ha sido una bonita conversación. Gracias”, le digo.

Sonriendo como una vieja amiga, me uno a la cola de salida de mujeres.

“Ey”, oigo como Jacksic grita a través del alambre de espino. “¡El policía al que te negaste a pagar el soborno ya me está buscando!”.

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